"Yo no hago clientes, yo hago amigos"
Esta frase la escuché por primera vez, en una feria de automóviles de gama alta, que visité con Kike, cuando estaba transitando la década de mis treintas. Después de ver carros hermosos por un rato, finalmente me decidí por un modelo Mercedes Benz GLB, tipo familiar con cabina trasera, muy cómodo para la familia y muy elegante.
Todo lo que debía hacer era abonar un millón de pesos para cerrar el trato.
En mi lúcida cabeza de aquellos días, era cuestión de pasar la tarjeta de crédito, y finalmente, me casaría con Mercedes Benz. Con esta acción, habría vencido el mundo de los negocios. Ahora sí vestiría finamente y no haría más que tener exclusivas citas con múltiples clientes.
Mi acción se vio interrumpida por un amable y distinguido señor. Vestido de pana y corbata, de fina contextura y una educada forma de expresión oral. El señor, que estaría finalizando sus cincuentas, en vista de mi audaz y estúpida elección, decidió intervenir para decirme:
"Es un auto hermoso. Pero, yo no quiero que usted tome una decisión acelerada. Esta es mi tarjeta, piénselo, y si desea llevarse el auto, llámeme la próxima semana. Yo no hago clientes, yo hago amigos".
No recuerdo su nombre y no sabría cómo encontrarlo. Pero ese vendedor tiene en mí a un amigo.
Yo he llegado al fin a tomar la decisión de fluir con la humanidad. Que no haya roces. Y que, si los hay, se puedan remediar, podamos llegar a buenos términos, un gesto de empatía, una simple sonrisa; y entonces, poder terminar esta obra que he venido a hacer, con más amigos que clientes.
Empero, declaro que todavía no está terminada, más bien, falta bastante.
He tenido la creencia de que muchas puntas de esta esfera rocosa e incómoda a la que mal se le conoce como 'carácter' se han suavizado. Pero no. Por más que quiera, no se suavizan. Más bien, se les cubre con algo que las separa de cortar con el aire ajeno. Pero el mal carácter sigue ahí. Y no pasa mucho tiempo para cortar con otra de sus puntas, porque está recubierta toda del mismo material.
A ese material, en el mundo científico, se le conoce como Neura.
Comparo mi capacidad mental con un perro joven que solo quiere correr muy rápido y jugar, y que muchas veces pone nerviosos a otros perros. Y comparo a la neura con el amo que grita desde lejos, con altivez y nervios acelerados, cuando su mascota no hace lo que él quiere. Repite su nombre a gritos, le ordena con tenacidad: "¡No, eso no!"
Como ese amo neurótico he sido, con muchos de mis amigos, todos mis familiares... y conmigo mismo. Ha sido un camino interesante, haber podido llegar hasta aquí y poder describir, de esta manera, lo que acontece en mi vida.
'Medicus curat, natura sanat'*.
Ustedes han sido los mayores contribuyentes de esta obra que se me ha asignado y que deseo presentarles adecuadamente.
De quienes me alejé, aquellos a quienes no volví a buscar, con quienes compartí experiencias, las mujeres que han levantado el velo de mis amores, a quienes no les cumplí la última cita, a quienes ignoro porque es la única forma que torpemente he aprendido a evitar; de quienes una herida a mi nombre hay en su corazón; de quienes hoy recibo un mensaje, un "gracias", con quienes hoy convivo, a quienes hoy les doy un abrazo con mis dos brazos y los diez dedos en su espalda; quienes hoy llenan mi vida de sonrisas, de burlas, quienes hoy me dicen "hola", "hasta mañana" y a quienes hoy les comparto algo de mi vida, a quien se despide de última, a quien escucho cantar, a quien hoy ha decidido compartir su vida conmigo y me cuenta historias sobre la geometría de mis estrellas:
a ustedes me dedico.
Paso mucho tiempo solo. Camino. Me cae pésimo el cigarrillo. Me descuido por un momento recubierto de hojas que en su última danza caen y me rozan la cabeza. Me siento en una banca, intentando enfocar mis ojos en diferentes profundidades, buscando la débil conexión entre mi mente y el nerviesillo que le ordena al lente enfocar en el eje zeta. Escribo, leo. Muchas veces quiero dejarme atrapar por aquello que está en el centro de donde nacen los ojos de una persona extraña, como un cuerpo celeste que ejerce sobre mi alma una fuerza de atracción gravitatoria.
Y en estas soledades se atraviesa el paisaje completo de mi existencia en este cuerpo y con este nombre, Ián Abel, cuyos apellidos traen historias tejidas desde el inicio de los tiempos y de cuya influencia sigo estrechamente ligado, como aire que baja de la mesosfera y empuja el agua hacia abajo, hasta convertirse en la nubes que colorean mis atardeceres y que oscurecen algunos de mis días. Se presenta súbito el recuerdo de mis familiares, de mis amigos, de mi familia humana, con quienes me siento intrínsecamente unido; y como flecha que señala el destino se divisa clara una pregunta:
"¿Cómo se unen todos estos hilos de manera que pueda, con una sola costura, dejar un tejido completo en el piélago de la memoria existencial?"
En la rendija que se abre entre la existencia que de mí no depende y el ocio, he invocado muchos maestros y he convertido el pensamiento en palabra y el aire en sonido, afinando cada vez más este instrumento que sigue latiendo para dar, como meta última, canción que cante el resultado audible de este tejido.
Deseo que se restaure el equilibrio y que, a pesar de mi torpe accionar, pueda, al menos, provocar las condiciones adecuadas para que la naturaleza haga su trabajo.
Deseo que sigamos siendo amigos y que el futuro sea mejor.
12 de diciembre de 2025.
*"Medicus curat, natura sanat" es un aforismo latino que significa "el médico trata, la naturaleza cura", y enfatiza que si bien los médicos brindan atención e intervenciones, los procesos naturales del cuerpo son en última instancia responsables de la verdadera recuperación, un principio central para la naturopatía, la homeopatía y la medicina tradicional.